Como los ojos de cualquiera

[su_dropcap style=”simple” size=”5″]Q[/su_dropcap]uizás no te fijas lo suficiente en las cosas”, le dijo, “Quizás crees que miras, pero en realidad no estás mirando, te encierras tanto en tu obsesión y en tu búsqueda que acabas por no ver nada de lo que hay a tu alrededor” 
Seguro te han preguntado alguna vez si un libro te ha cambiado la vida, pues a mi el cuestionamiento me paraliza, porque ha sido más de uno. Pero hoy traigo a mi mente un giro que, sin saberlo entonces, me fue jalando al trabajo con policías, con personas privadas de la libertad y finalmente a decidirme estudiar criminología. Señales y cambios de ruta te llevan al lugar que perteneces, hace veinte años leí Plenilunio del escritor español, Antonio Muñoz Molina, y a través del personaje de esta novela fue que pude nombrar una de mis obsesiones, entender el delito y al delincuente. Te comparto el fragmento que he leído la primera y mil veces más.
El inspector buscaba la mirada de alguien que había visto algo demasiado monstruoso para ser suavizado o desdibujado por el olvido, unos ojos en los que tenía que perdurar algún rasgo o alguna consecuencia del crimen, unas pupilas en las que pudiera descubrirse la culpa sin vacilación, igual como reconocen los médicos una enfermedad acercando una linterna diminuta.
Dicen que los ojos son el espejo del alma, una ventana hacia el alma. El personaje de mayor autoridad para el inspector, el padre Orduña le dice: “busca sus ojos”, y él busca, en los archivos y las fotografías de pedófilos, en cada mirada con que se cruza en la calle. No lo logra, nunca lo lograremos: no es la mejor estrategia. Son ojos (casi) normales: cuando finalmente ve al asesino en comisaría, piensa, está seguro que: Podría haberlos visto mil veces y no habría sospechado de ellos. Cualquier mirada puede ser la de un inocente o un culpable

Plenilunio es un espejo donde se reflejan múltiples violencias y una sola. La de la impunidad y la impotencia. Aparece la violencia de origen sexual, sobre todo la ejercida sobre los niños, y la del terrorismo que marca la relación del Inspector y su esposa. Aunque el autor llega a relacionar ambos tipos: “En el fondo les colma la vanidad ver sus hazañas en la prensa. He conocido algunos que guardaban recortes pegados en álbumes, como los artistas”. Es la maldad el personaje central, y su explicación a partir de la fe, desde la ciencia forense por parte de Ferreras, ateo convencido, y pese a ello se mantiene flotando el secreto misterioso de los propios actos malignos que van más allá del propio individuo confundiéndose con la colectividad, porque el mal trasciende de lo particular y se extiende a lo colectivo. Como antagónico tenemos al amor, ese basado en la costumbre y la obligación, en el recuerdo, pero sin futuro, y que pese a su propio desgaste renace, un amor sin futuro, cuyo fin radica en su propio comienzo. Y de manera fina e íntima une al perseguidor y al perseguido en la intersección de la obsesión tanto del psicópata como del Inspector por conseguir sus diferentes objetivos: apagar sus sed de frustración y locura uno, atrapar al asesino el otro. Y finalmente lanza todos los ganchos que unen con lo social y se masifica la violencia, los medios de comunicación tienen una importancia incómoda que influye, para bien o para mal, en las actitudes de los personajes: “Un dí­a el inspector vio su propia cara en el telediario, tomada de muy cerca, con su nombre y su cargo escritos en la parte baja de la pantalla, como si quedara alguna duda, y se irritó mucho y se alarmó más de lo que él mismo estaba dispuesto a reconocer […]”